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La belleza de los textos académicos: Beauty is in the eyes of the beholder*

 

Que en la lengua de Shakespeare viene a decir que el secreto de la belleza está en los ojos de quien la percibe. Además, y esto lo he sabido buscando el origen de la expresión para escribir esta entrada, referir a Shakespeare en esta ocasión trasciende al tono más o menos pretencioso, pues en Love's Labours Lost (1558) se nos advierte de que, literalmente, “Beauty is bought by judgement of the eye”. No recupero en vano la expresión ni la idea que encierra, al contrario: quiero recoger con ella los elementos alrededor de los cuales articulamos nuestra reflexión sobre los textos producidos en contextos académicos: el concepto de ‘belleza’, la figura de quien la percibe y el juicio que este emite.

Partimos, pues, del convencimiento de que elaborar un buen texto académico requiere del lector un trabajo de reflexión previa que implica, por una parte, adquirir conciencia de las características formales de este tipo de textos y, por otra, identificar adecuadamente al lector para así cumplir con sus expectativas. Intentaremos demostrar que, para nosotros, son estas las claves para confeccionar un texto académico de calidad, coherente, bello.

 

El discurso académico: un código común para comunicar y comunicarse

Describe Osvaldo Balsameda los textos científicos y académicos como “informes escritos que comunican por primera vez los resultados de una investigación científica” (2007, p. 3): artículos científicos, tesis y tesinas, reseñas o trabajos de asignatura producidos por investigadores y estudiosos, expertos y noveles, de todas las disciplinas. Las convenciones formales que rigen en estos textos son de carácter interdisciplinar, operan de forma transversal (en todas las áreas de estudio) y permiten, incluso al lector no experto, identificar un enfoque, una estructura y un tono característicos, con independencia de su temática y contenido específicos.

Si bien los diferentes tipos de textos académicos tienen propósitos diversos según el contexto en que se producen, todos parten de un doble objetivo: 1) informar al lector de un contenido nuevo y 2) acreditar la capacidad investigadora de quien lo escribe. De hecho, el autor de textos académicos lo es en tanto comparte el fruto de su trabajo con otros, en tanto divulga y genera nuevo conocimiento en la comunidad científica en la que se inscribe y a la que contribuye… ya sabéis, co-construyendo. Cuando afirma que nuestra forma de hablar (o escribir) revela nuestra forma de pensar, Steven Pinker, que siempre tiene razón, nos recuerda como “conseguimos grandes cosas compartiendo el conocimiento, coordinando nuestro trabajo” y eso lo hacemos por medio del lenguaje, en este caso, normalmente, escrito.

Y es que redactar informes de investigación supone en sí mismo un ejercicio de aprendizaje intenso y potente. Según Liliana Tolchinsky, escribirlos nos permite detectar fallos y/o vacíos de información que de otra forma nos pasarían desapercibidos. Poner por escrito los hallazgos de nuestras pesquisas nos exige reflexionar sobre cuánta cantidad de información necesita el lector para seguir con precisión nuestros pasos y compartir nuestra interpretación. Si nuestras conclusiones no se deducen del análisis, malo: quizá el problema no estuviera bien planteado en los objetivos y preguntas o la metodología no fuera lo bastante explícita. Si nuestro lector no llega con nosotros a las mismas conclusiones, habremos fracasado en nuestro propósito de convencerle de que nuestro argumento es válido. Esto es especialmente importante para profesores-investigadores en formación que, como nos recuerda Iban Mañas, avanzan y mejoran su práctica docente al indagar en los extraordinarios procesos que tienen lugar mientras aprendemos y/o enseñamos una lengua. Y los informes escritos que elaboramos de nuestras indagaciones son, a la vez, objetivo y parte misma del proceso de aprendizaje.

 

El lector. Por favor, no molestar

El lector de textos académicos es, en la mayoría de los casos, otro investigador. Suelen escribirse para un público de pares, interesado por definición en el tema o el área y con unas expectativas creadas con el tiempo y la experiencia. Nos familiarizamos con estas convenciones comunes a partir de la lectura consciente y crítica, de las indicaciones que se proporciona desde publicaciones científicas e instituciones académicas y, claro está, de los inefables manuales de estilo (APA, MLA, Chicago, etc.) que tanto nos importunan pero que tanta ayuda nos proporcionan, de hecho, son nuestra mejor herramienta para reconocer el mérito del trabajo de otros, para evitar incurrir en mala praxis académica. Como lectores nos permiten acceder a los trabajos de investigación con un espíritu crítico y, como autores, son nuestro “seguro de vida” pues cumplir con estas expectativas formales nos asegura que el contenido de nuestro trabajo será evaluado y apreciado sin interferencias, sin que nuestro lector se sienta molesto y pueda valorar el fruto de nuestro estudio y la validez de nuestra argumentación. Nada más. Y a redactar y citar, a organizar la información según el estilo requerido en cada caso, se aprende.

¿Y cuáles son los problemas que afectan negativamente a la calidad de nuestro trabajo y nos cuestionan como autores y como investigadores? Vamos a poner algunos ejemplos:

  • No respetar en las secciones subsiguientes el orden de contenidos que se presentan en el índice o la introducción desorienta al lector con respecto a qué puede encontrar en la sección siguiente.
  • Saltar de un tema a otro sin avisar, yendo y viniendo en la línea argumental y estableciendo entre los componentes del texto conexiones semánticas incongruentes por medio, por ejemplo, de conectores oracionales o discursivos inapropiados.
  • Emplear arbitrariamente términos diferentes para referir al mismo constructo o fenómeno: si el lector no ha sido avisado previamente, no puede asumir que dos palabras diferentes designan un mismo concepto. No hablamos de sinonimia elegante, hablamos de mantener una univocidad, típica y necesaria en el discurso científico.

Ejemplos como los anteriores ponen en peligro la validez de nuestra argumentación y desautorizan nuestro razonamiento y son, antes de nada, una descortesía, una muestra de falta de empatía hacia un lector que no nos entiende, porque no comparte nuestros sobreentendidos, y que se siente desconcertado o perdido porque a ratos no sabe exactamente qué está leyendo y por qué. Un lector, en suma, que lee a disgusto… o que deja de leer.

Los informes académicos deben siempre ser sistemáticos y coherentes y cumplir así con las expectativas del lector con respecto a qué tema se trata a continuación, a qué terminología se emplea o, sin ir más lejos, con respecto a qué implica el uso de una cursiva, de un guion (¿o una raya?) o de una coma, en su sitio, bien ubicada, una coma inocente… 

Una muy buena forma de evitar disgustos es ser empático y ponerse en el lugar del lector. Sólo siendo capaces de editar nuestra producción con ojos críticos evitaremos problemas que no detectamos por estar demasiados metidos en nuestro trabajo: lo conocemos demasiado bien y tendemos a dar cosas por sabidas. Encontrar tiempo para que el texto descanse – quien lo probó lo sabe – no siempre es posible. Eso sí, cada día me parece más importante y necesario poder volver al texto con cierta perspectiva, poder acercarse a él con ojos nuevos, para revisarse, editarse y reescribir.

 

Con la cara lavada y recién peiná

Por último, no quiero dejar de señalar como, en este tipo de textos, un uso del lenguaje claro y efectivo, unívoco y eficaz es siempre preferible al uso injustificado de recursos retóricos demasiado sofisticados y/o innecesarios. El empleo excesivo de adornos estilísticos puede, de hecho, tener un efecto contraproducente y restar efectividad a nuestros argumentos, porque no se les ve.

Los menos jóvenes recordarán cómo en aquella copla ensalzaba el cantante la hermosura auténtica de la niña de sus amores, libre de mejunjes y afeites, según él, innecesarios. Luego se perdía en terreno espinoso y nos descubría que, en realidad, lo que escondía su cante era una crítica hacia el uso de maquillaje por parte de su novia y, por ende, de toda mujer honrada y de bien. Dejando de lado los discursos rancios, nos quedamos con la copla para defender la belleza de un texto académico, limpio y ordenado, digerido y revisado, de esos de los que se aprende, de los que da gusto leer y puedes ‘mirar a la cara’, porque se les ve.

 

*Gracias a Rocío Cuberos y a Paula Novillo por sus aportaciones.

 

Elisa Rosado

Doctora en Ciencias de la Educación. Profesora-investigadora en la Universidad de Barcelona y Coordinadora del Máster presencial en Formación de Profesores de Español como Lengua Extranjera de la UB.

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