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Voces transatlánticas en el panorama literario español

 

¿Qué significa tradición literaria en la actualidad? Borges en el poema «Góngora», donde adopta la voz del cordobés, puede ayudar a responder a esta interrogación cuando escribe: «Hice que cada / estrofa fuera un arduo laberinto / de entretejidas voces». Aquí, acaso, esté una de las definiciones más ajustadas del concepto de tradición literaria. Por supuesto, estamos ante otros códigos y escribir no significa lo mismo en el siglo XVII que en el XXI. Pero la tradición, y por tanto la red de influencias, sigue siendo ese «arduo laberinto de entretejidas voces», al igual que los «yoes» que leen y escriben. ¿Qué ha cambiado? O, mejor dicho, ¿qué hemos acentuado? Quizá, que hemos llevado la tradición literaria al paroxismo, y que el concepto incluye también todo aquello que el escritor percibe como formación intelectual, ya sea novela, cine, serie o videojuegos. Es decir, experiencia imbricada con ficción.

            Dentro de esa amalgama, de ese laberinto de referencias, podemos discernir varios senderos. Una de esas vías que se esconden detrás de parte de la producción literaria española actual es la tradición literaria hispanoamericana. Roberto Bolaño, así como Cortázar en su momento, ha reavivado el espíritu de la vanguardia, aunque la parodia de este movimiento sea también frecuente en su obra. Bolaño equivale a formación, con su escritura descarnada, violenta, en la que se toma la vida como una investigación y la experiencia literaria como una biografía. Y en su obra, al igual que en la de Ricardo Piglia, y antes en la de Borges, margen y periferia se confunden, así como los géneros literarios.

            Actualmente, una de las tendencias con mayor representatividad es la crónica hispanoamericana, en consonancia con el auge de las formas de la no ficción. En este sentido, Jordi Carrión reconoce en varias ocasiones a Martín Caparrós como un referente, y también a Piglia, por la manera de confundir realidad y ficción y de reflexionar sobre el concepto de historia. En Carrión también influye Bolaño, especialmente Los detectives salvajes y 2666, no solo a nivel técnico, sino como ejemplo de ambición novelística. Alberto Olmos, por otra parte, ha reconocido también el impacto de Neruda, Vallejo y Rulfo en su obra. No hemos de olvidar, tampoco, que Javier Cercas homenajeó a Bolaño incluyéndolo como personaje en Soldados de Salamina. Pero en Cercas, además, influye sobre todo Borges, por la manera en que el autor se inserta en el relato y transforma la materia real en narración. En la misma línea, puede percibirse también la huella borgeana en Enrique Vila-Matas, sobre todo por la tendencia al inventario y a la construcción de biografías que se diluyen entre la realidad y la ficción.

            En el caso de Juan Francisco Ferrer, como en otros escritores, convergen multitud de referencias pertenecientes al ámbito de la novela norteamericana posmoderna; sin embargo, en el tono paródico —de corte también valleinclanesco— puede percibirse la filiación hispanoamericana, así como en la voluntad de desestabilizar el realismo que ha caracterizado a parte de la literatura española. Esa influencia en la parodia, y también en la respuesta a lo sublime, está presente en Vicente Luis Mora, por ejemplo, cuando escribe en su último poemario, titulado Serie: «Con Borges pudimos mejorar también: rosa profunda, ilimitada, íntima. Ya no hay objeto. Tampoco imagen. Aquí la rosa es ya una abstracción, una antirosa».

No es difícil, por otra parte, percibir las huellas de la literatura hispanoamericana en Agustín Fernández Mallo, cuya trilogía titulada Proyecto Nocilla bien se inscribe en esa tradición tan cortazariana de textos atomizados o fracturados.

            Siguiendo con la lógica anterior, entonces, en la era globalizada, el juego de influencias, conscientes e inconscientes, se torna una tarea aún más compleja de deslindar. O, sencillamente, la tradición puede entenderse como una memoria más amplia y multiforme, un tejido compuesto de más voces. 

 

Christian Snoey

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