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Borges treinta años después. El crimen literario como una de las bellas artes

 
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Decía Borges, en vida, que los occidentales somos irreparablemente griegos. Treinta años después de su muerte, somos, además, irreparablemente borgeanos. ¿De qué modo un simple mortal ha logrado hacerse un hueco en el panteón de la cultura mundial? Lo desconocemos y lo desconoceremos, como dijo el fisiólogo Emil du Bois-Reymond, en 1872. Sin embargo, uno de los hábitos mentales que Borges nos legó es, precisamente, el de darle vueltas a cuestiones que no tienen el centro en ninguna parte.

Antes de nada, notemos que este caso nos recuerda al viejo misterio policial de la habitación cerrada en la que se ha cometido un crimen sin que nadie haya visto al asesino entrar ni salir. Ciertamente, antes de que Borges fuera Borges, ¿quién podía imaginar que un argentino perdido en la metafísica iba a colarse en la naos del canon literario occidental, volcar varias estatuas y hacerse un hueco en el tabernáculo? Propongamos algunas hipótesis.

El misterio de Borges en el panorama literario mundial

El asesino invisible

Borges logró entrar porque se hizo invisible, del mismo modo que el protagonista de uno de los relatos de su admirado Chesterton logró entrar y salir de la casa de su víctima sin ser visto adoptando la anodina apariencia de un cartero. ¿Acaso Borges no estaba disfrazado con todos los atributos del escritor que no ha de llegar nunca a ser un clásico?

En efecto, Borges no practicó ninguno de los géneros literarios mayores, como son la novela o el teatro; escribió en español después de la Edad de Oro y antes del Boom; perpetró cuentos policiales antes de su dignificación; se rebajó a la rima cuando el verso libre era una obligación; y cometió, además, todos los pecados políticos que un escritor podía cometer durante un siglo en el que el discurso hegemónico cultural era claramente progresista. De este modo, Borges habría pasado todos los controles del canon, tan secretamente como el unicornio que, según algún clásico chino, en razón misma de su anomalía, tiende a pasar inadvertido.

Eliminación de las huellas

Por si esto no fuese suficiente, Borges no se enfrentó directamente a sus precursores –Montaigne, Shakespeare, Whitman-, lo cual hubiese llamado demasiado la atención, sino que prefirió reclamar como precursores a escritores secundarios –Chesterton, Poe, Lugones-, con el objetivo de borrar sus huellas y dificultar la reconstrucción del crimen.

Permanencia en el lugar del crimen

Pero no bastaba con volcar algunas estatuas del templo para convertirse en un dios. Muchos otros escritores lo han intentado, antes y después que él, sin conseguir ser más que unos nuevos Eróstratos. Es necesario permanecer entre las viejas divinidades literarias. Para ello es necesario, primero, disimular que se acaba de llegar, y, segundo, ganar aura de forma progresiva, para lo cual ayudará realizar algún milagro.

También aquí Borges mostró ser un alumno aventajado de De Quincey, pues hizo del crimen literario una de las bellas artes. Como los asesinos, que saben utilizar el poder deformante de las sombras, no ya para ocultarse, sino para confundir a jueces y testigos, la sombra de Borges es alargada, porque se supo ubicar frente a la luz del crepúsculo de nuestra cultura.

Así, iluminado por la crisis del racionalismo, iniciada por Nietzsche y Schopenhauer, y reemprendida por la posmodernidad, tras unas entreguerras durante las cuales el irracionalismo quedó congelado, la sombra de la obra borgeana se alarga, haciéndose gigante en nuestra época.

El arma del crimen

Ahora que sabemos cómo entró el asesino en la habitación cerrada, debemos preguntarnos por el arma del crimen. Al fin y al cabo, muchos otros autores han sido hábiles profanadores del canon literario occidental. Sin embargo, llegados ante los altares literarios, fueron abrumados por los dioses tutelares, que, como el mago de Oz, tienen mil trucos efectivos para imponer su voz.

Pero la voz de Borges es de una eficacia atronadora, pues lleva a cotas insuperables el arte del aforismo (“el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”), la paradoja (“los japoneses ejercen el Occidente mejor que nosotros”), la boutade (“la democracia es el abuso de la estadística”) o la injuria (García Lorca era, a sus ojos, “un andaluz profesional”).

La divinización del asesino

Finalmente, un nuevo dios, para imponerse, debe saber prodigar dones. Y ahí también Borges, gracias a su perspicacia crítica y su capacidad para abrir nuevas miradas, se ha convertido en una especie de rey Midas literario y editorial. Basta una sola palabra suya para dar la vista a un camino de pensamiento cegado, rehabilitar un género abatido o resucitar a un autor olvidado. No es extraño, pues, que lectores, autores y editores se lleven trozos de su capa bajo la forma de citas, homenajes y solapas. 

Bernat Castany

Coordinador del Trabajo Final de la Maestría en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana.

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